Puebla de Zaragoza a 10 de julio de 2014
Mi estimado:
Largos fueron mis andares en viejas calles con paredes fantasmas, todas viejas y con dientes faltos. Largos han sido mis andares sobre las calles que nuestros pies persiguieron en busca del cobijo de un suave y caliente dulce-amargo que puede tener una simple taza; todas sin variar cuando una mesa olvidada de los ojos ordinarios nos esperaba en la sombra y un frío deseable. Las flores que nos dieron la bienvenida nuca más volvieron, se fueron a un lugar común en que la pudrición es parte indispensable.
Volví sin ningún miedo, guiada por la levedad de mis pasos en esta ciudad de piedra, he hecho todo cuanto nos correspondía, incluida la poca atención de nuestros meseros favoritos. Hay fantasmas que van y vienen, me saludan y miran, a veces, con suma tristeza el humo saliente de mis labios. Van de un lugar a otro, como si estuviesen mudando cadáveres, todos los dejan en nuestra mesa, esa, que hoy no me esperaba y que miro mientras escribo esto. Me sonríe a veces, yo hago lo mismo sin pensar que el resto de mi café se va enfriando y que mi cigarro se ha consumido. Tal vez sólo estoy ignorando que esto sucede.
Cada trago sigue siendo dulce, igual que en veces anteriores. La cruz que adorna piadosa el rostro de la madre sosteniendo al hijo me sonríe, así, sin más. Me cree fuerte al estar aquí sin el acompañante que bebe y exhala humo como yo. Está contenta de poder estar al frente mío, aunque sea estática, compensa un poco el silencio que nunca hubo en la mesa pero sí en otras partes.
Se enfría mi café, mis manos y mis sentidos. Miro la mesa que nos han quitado, estoy junto a ella, se encuentra repleta y sola, me pregunta por qué no avisé el arribo, así pudo estar lista. Puedo ser paciente, confiar que la próxima vez la habré de encontrar sola y lista para acompañarme y que tu fantasma esté con ella y el silencio abrazador que siempre has dado.
No hables, no es necesario, quiero silencio aquí, en la tarde y al cielo frío que me observa divertido mientras enciendo el próximo cigarrillo y pido otra taza de café. ¡Shhhh! Calla, los fantasmas hablan y tú también, pero hoy quiero silencio con el calor de la canela y la porcelana. Hoy sólo me basta el sonido de mi respiración al sentir el tabaco, sólo deseo tu silencio y quietud aquí, junto a la mesa que nos han quitado.
De aquí y al resto de mi existencia, tuya, Diana.
(y todos sus demás nombres)
Mi estimado:
Largos fueron mis andares en viejas calles con paredes fantasmas, todas viejas y con dientes faltos. Largos han sido mis andares sobre las calles que nuestros pies persiguieron en busca del cobijo de un suave y caliente dulce-amargo que puede tener una simple taza; todas sin variar cuando una mesa olvidada de los ojos ordinarios nos esperaba en la sombra y un frío deseable. Las flores que nos dieron la bienvenida nuca más volvieron, se fueron a un lugar común en que la pudrición es parte indispensable.
Volví sin ningún miedo, guiada por la levedad de mis pasos en esta ciudad de piedra, he hecho todo cuanto nos correspondía, incluida la poca atención de nuestros meseros favoritos. Hay fantasmas que van y vienen, me saludan y miran, a veces, con suma tristeza el humo saliente de mis labios. Van de un lugar a otro, como si estuviesen mudando cadáveres, todos los dejan en nuestra mesa, esa, que hoy no me esperaba y que miro mientras escribo esto. Me sonríe a veces, yo hago lo mismo sin pensar que el resto de mi café se va enfriando y que mi cigarro se ha consumido. Tal vez sólo estoy ignorando que esto sucede.
Cada trago sigue siendo dulce, igual que en veces anteriores. La cruz que adorna piadosa el rostro de la madre sosteniendo al hijo me sonríe, así, sin más. Me cree fuerte al estar aquí sin el acompañante que bebe y exhala humo como yo. Está contenta de poder estar al frente mío, aunque sea estática, compensa un poco el silencio que nunca hubo en la mesa pero sí en otras partes.
Se enfría mi café, mis manos y mis sentidos. Miro la mesa que nos han quitado, estoy junto a ella, se encuentra repleta y sola, me pregunta por qué no avisé el arribo, así pudo estar lista. Puedo ser paciente, confiar que la próxima vez la habré de encontrar sola y lista para acompañarme y que tu fantasma esté con ella y el silencio abrazador que siempre has dado.
No hables, no es necesario, quiero silencio aquí, en la tarde y al cielo frío que me observa divertido mientras enciendo el próximo cigarrillo y pido otra taza de café. ¡Shhhh! Calla, los fantasmas hablan y tú también, pero hoy quiero silencio con el calor de la canela y la porcelana. Hoy sólo me basta el sonido de mi respiración al sentir el tabaco, sólo deseo tu silencio y quietud aquí, junto a la mesa que nos han quitado.
De aquí y al resto de mi existencia, tuya, Diana.
(y todos sus demás nombres)
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