Puebla de Zaragoza a 02 de julio de 2014
Mi estimado:
De todo el tiempo que pasé meditando para tomar una decisión, he de admitir que olvidé algo muy importante, un rasgo que no pensé el día de hoy me viniera a torturar. Supe tu afición cuando insististe en conocer los gustos de una chica que apenas y sabía lo que le gustaba al comer, añadiendo que un sedoso cabello largo era de tu agrado. No podía evitar mirar los largos listones que me han acompañado por tantos años y que propiamente admitiste te gustaban. Les otorgué el sabor del vino que tanto me ha gustado, acompañado de ese gusto que descubrí también compartíamos: se volvió cosa de ambos, o al menos eso creímos mis listones y yo.
Ni Rapunzel podría sentirse más dichosa teniendo aún hebras de oro, siempre he disfrutado el aroma que me sigue día a día, procurando que nunca se muriera y que ese rostro tan querido hallase el camino, que se hundiera en la infinidad de semejantes listones rojos. Si te perdías en ellos no importaba, el frío era indiferente, el tiempo dejaba de correr, incluso tus a veces torpes dedos cuando no necesitaba de una almohada y te quedabas en mí. Era tal emoción en aquellos escasos momentos que nunca dejaron de ser importantes para el cabello de vino que siempre iba con el viento con toda la libertad que no me es posible tener por mucho que quisiera.
Irremediablemente, mi libre cabello ha llegado a notar tu ausencia, se traga mi llanto día y noche y busca darme consuelo cuando mis ojos se ciegan ante los recuerdos de mi mente. La última caricia no la quiso a pesar de las palabras dulces, a pesar de que también te agrada que esté en total libertad y se deje ir con el viento... era la única forma de ir en contra, de cambiar un poco parte del recuerdo que se quedan grabados en los cuadros y vivir el otoño de los diecinueves. Sabía que no te gustaría ese tejido en rojo, que te gusta que los listones vinos sean libres, que no los tenga atados como a un prisionero, pero aún así, era como se rebelaban para que no te acercaras nuevamente.
Y ahora, ¿qué le digo? no hace más que implorar de nuevo por esa libertad que extraña al igual que tú en ese momento de crueldad cuando acercaste la mano ante la cárcel de una simple liga. ¿Qué le puedo decir? ¿cómo le puedo consolar? Más que la libertad que ya le he concedido, es ahora que implora dejarle caer en el suelo.
De aquí y al resto de mi existencia, tuya, Diana.
(y todos sus demás nombres)
Mi estimado:
De todo el tiempo que pasé meditando para tomar una decisión, he de admitir que olvidé algo muy importante, un rasgo que no pensé el día de hoy me viniera a torturar. Supe tu afición cuando insististe en conocer los gustos de una chica que apenas y sabía lo que le gustaba al comer, añadiendo que un sedoso cabello largo era de tu agrado. No podía evitar mirar los largos listones que me han acompañado por tantos años y que propiamente admitiste te gustaban. Les otorgué el sabor del vino que tanto me ha gustado, acompañado de ese gusto que descubrí también compartíamos: se volvió cosa de ambos, o al menos eso creímos mis listones y yo.
Ni Rapunzel podría sentirse más dichosa teniendo aún hebras de oro, siempre he disfrutado el aroma que me sigue día a día, procurando que nunca se muriera y que ese rostro tan querido hallase el camino, que se hundiera en la infinidad de semejantes listones rojos. Si te perdías en ellos no importaba, el frío era indiferente, el tiempo dejaba de correr, incluso tus a veces torpes dedos cuando no necesitaba de una almohada y te quedabas en mí. Era tal emoción en aquellos escasos momentos que nunca dejaron de ser importantes para el cabello de vino que siempre iba con el viento con toda la libertad que no me es posible tener por mucho que quisiera.
Irremediablemente, mi libre cabello ha llegado a notar tu ausencia, se traga mi llanto día y noche y busca darme consuelo cuando mis ojos se ciegan ante los recuerdos de mi mente. La última caricia no la quiso a pesar de las palabras dulces, a pesar de que también te agrada que esté en total libertad y se deje ir con el viento... era la única forma de ir en contra, de cambiar un poco parte del recuerdo que se quedan grabados en los cuadros y vivir el otoño de los diecinueves. Sabía que no te gustaría ese tejido en rojo, que te gusta que los listones vinos sean libres, que no los tenga atados como a un prisionero, pero aún así, era como se rebelaban para que no te acercaras nuevamente.
Y ahora, ¿qué le digo? no hace más que implorar de nuevo por esa libertad que extraña al igual que tú en ese momento de crueldad cuando acercaste la mano ante la cárcel de una simple liga. ¿Qué le puedo decir? ¿cómo le puedo consolar? Más que la libertad que ya le he concedido, es ahora que implora dejarle caer en el suelo.
De aquí y al resto de mi existencia, tuya, Diana.
(y todos sus demás nombres)
Me contaron que una mujer se corta el cabello cuando quiere cortarse a un hombre del alma. No lo hagas, sólo tenlo amarradito un rato hasta que el hombre se canse de no llegarte a las puntas. Abrazo, chula.
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